Los defensores de Zaragoza combatieron calle por calle y casa por casa durante meses
Entre 1808 y 1809, Zaragoza resistió dos asedios consecutivos del ejército napoleónico, considerado el más poderoso del mundo. Cuando los franceses lograron entrar en la ciudad, los defensores —civiles incluidos— no se rindieron: convirtieron cada casa en una fortaleza y cada calle en un campo de batalla, obligando al enemigo a tomar el control edificio a edificio. La ciudad cayó finalmente en febrero de 1809, pero su resistencia se convirtió en símbolo de la Guerra de Independencia española.