Dostoievski vivió su propia ejecución hasta el último segundo antes del indulto
El 22 de diciembre de 1849, Dostoievski y sus compañeros fueron llevados a la plaza Semiónovskaya de San Petersburgo. Les leyeron la sentencia de muerte, les pusieron la mortaja blanca, les vendaron los ojos y los ataron a los postes de fusilamiento. El pelotón apuntó. En ese instante exacto llegó un mensajero a caballo con el indulto del zar: la ejecución había sido una farsa preparada para asustarlos. Dostoievski nunca olvidó esos minutos. Toda su obra posterior lleva la marca de haber muerto y resucitado.