Aníbal huyó de Cartago, sirvió a tres reyes enemigos de Roma y se envenenó para no ser capturado
Tras la derrota en Zama y la paz humillante con Roma, Aníbal se convirtió en sufete —magistrado— de Cartago e intentó reformar sus instituciones. Roma exigió su entrega. Huyó y pasó el resto de su vida al servicio de distintos reyes orientales que combatían contra Roma: Antíoco III de Siria, Prusias de Bitinia. Cuando los romanos localizaron su paradero en Bitinia y exigieron su extradición, Aníbal tomó el veneno que siempre llevaba consigo y murió en torno al 183 a.C. Sus últimas palabras, según las fuentes, fueron: "Liberemos a Roma de la angustia de esperar la muerte de un viejo."