Velázquez se autorretrató en el cuadro, pincel en mano, mirando directamente al espectador
En una decisión sin precedentes para la época, Velázquez se incluyó a sí mismo en la escena, de pie ante un lienzo gigantesco cuyo reverso es lo único que vemos, con la mirada puesta en quien está frente al cuadro. Esa mirada convierte al espectador en el propio motivo de la pintura: los reyes Felipe IV y Mariana de Austria, reflejados en un espejo al fondo de la sala, ocupan el lugar exacto donde debería estar el observador.