Miguel Ángel se consideraba escultor, no pintor, y no quería aceptar el encargo
En 1508, el papa Julio II le propuso a Miguel Ángel, ya consagrado como escultor tras esculpir la Piedad y el David, decorar al fresco la bóveda de la Capilla Sixtina. El artista se resistió: prefería seguir trabajando en mármol y sospechaba que sus rivales, con Bramante a la cabeza, habían convencido al papa de encargarle un proyecto tan colosal precisamente para verlo fracasar. Firmó el contrato el 10 de mayo de 1508, casi obligado por la insistencia del pontífice.