Federico Barbarroja soñó con restaurar el Imperio Romano y murió ahogado en un río camino de Jerusalén
Coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico en Roma el 18 de junio de 1155, Federico I "Barbarroja" dedicó buena parte de su reinado a intentar imponer la autoridad imperial sobre las prósperas ciudades del norte de Italia y sobre el papado, chocando repetidamente con la Liga Lombarda y sufriendo una derrota decisiva en Legnano en 1176. Pese a los reveses, se consolidó como el gobernante más poderoso de la Europa cristiana de su tiempo, símbolo de un Sacro Imperio que aspiraba a heredar la grandeza de Roma. En 1189, ya anciano, se puso al frente de la Tercera Cruzada para ayudar a recuperar Jerusalén de manos de Saladino. Nunca llegó: en junio de 1190 murió ahogado al cruzar a caballo el río Salef, en Anatolia, con una armadura que, según la leyenda, le impidió mantenerse a flote. Su muerte desmoralizó a buena parte del ejército alemán y truncó la campaña cruzada más prometedora de aquella generación.