El asesinato de un rey fundó una dinastía y dejó una joya castellana engastada en la corona de Inglaterra
Con la muerte de Pedro I, su verdugo se proclamó Enrique II de Castilla, instaurando la dinastía Trastámara, que gobernaría Castilla y luego España durante generaciones. Para justificar el regicidio y fratricidio, la crónica oficial encargada por el nuevo rey retrató a Pedro como un tirano cruel; sus partidarios, en cambio, siempre lo recordaron como "el Justiciero". Un rubí que Pedro había entregado al Príncipe Negro como garantía de pago durante la campaña de Nájera terminó, con los siglos, engastado en la corona imperial británica, donde todavía puede verse hoy.