Llevaban espejos y cascabeles para comerciar con los pueblos que encontraran
Entre la carga de la flota iban miles de espejos pequeños, cascabeles, cuchillos, tijeras y telas de colores, pensados como moneda de cambio con los pueblos indígenas que encontraran en la ruta, siguiendo una práctica habitual en las expediciones españolas y portuguesas de la época. Estos objetos resultaron más valiosos que el oro en varias negociaciones, ya que los nativos desconocían su valor comercial en Europa y los recibían como objetos exóticos de gran prestigio. Pigafetta, cronista del viaje, relató cómo en algunas islas se podían obtener grandes cantidades de alimento o incluso oro a cambio de un puñado de cascabeles.