Scott y sus dos últimos hombres murieron de frío a solo 18 kilómetros de los víveres que los habrían salvado
En el viaje de vuelta, el grupo de Scott fue muriendo uno a uno: primero Edgar Evans, debilitado por una caída; después Lawrence Oates, que con los pies congelados salió de la tienda en plena tormenta diciendo "voy a salir, puede que tarde un poco", sacrificándose para no ralentizar a sus compañeros. Scott y los dos últimos supervivientes quedaron finalmente atrapados por una tormenta a apenas 18 kilómetros de un depósito de suministros que los habría salvado. Murieron de frío y hambre a finales de marzo de 1912. Sus cuerpos, junto con el diario de Scott, fueron encontrados ocho meses después por un equipo de rescate.